Cada vez que paso frente a la ventana, no puedo evitar asomarme. No es curiosidad, lo juro. Tampoco es deseo de inmiscuirme en la vida ajena. Es solo el recuerdo. En ese salón cuya ventana da a la calle Zurbano comenzaron nuestros primeros días en Madrid. Ahí fue el cóctel de bienvenida y la primera de siete cenas. Ahí fueron tantos (y tan surtidos) desayunos, en los que la única regla era socializar y hacer que aquellos 19 colegas se convirtieran en amigos.
En la recepción pasamos horas de horas conversando, usando Internet o desesperándonos por no encontrar piso. Hasta descubriendo que en el primer mundo también hay amigos de lo ajeno.
Ahora, cuando voy al trabajo cada tarde, tengo que asomarme. Mirar el salón, el hall y el ascensor. Y recordar. Son buenos recuerdos, imágenes que en unos meses nos harán sonreír.
La graduación 2009
Hace 15 años